domingo, 19 de enero de 2014

crónica 12 plaza de Los Palos Grandes (Caracas-Venezuela): otra anécdota del juego social infantil que se genera.

Las cuatro esquinas

Me dio por  jugar a observar la plaza bienamada de LPG, desde cuatro costados, el sábado 7 a las 7 p.m.. ¡Un deleite para la mirada posible!. Sentado en la escalera, cercana a la calle del Excelsior Gama,  tengo una dimensión: un futbol donde la pelota mengua. También un joven remata hacia el lateral encajonado, una pelota que a nadie impactará, -si es que el golpe rabioso no fuese un impacto ya-.
Desde allí comienza la mixtura: canes, chiquitos y chiquitas que no se amilanan para prodigar sus caricias (calculo y marco la proporción: es como si yo estuviese acariciando a un caballo). Viandantes con su paso calmo.
El ángulo segundo toma las alturas,  es el cercano a la biblioteca. Desde el banco, al extremo, es sólo futbol virtuoso el imán posible, sólo seis, como conviene, uno de ellos descalzo, en el fragor de su juego de cálculos milimétricos hay tiempo para señalar y esperar el paso de una niña que lleva otro cuento en su andar. Así ha de ser, difícil, pero posible. Algún paseante de perro solitario y solidario hace más de un pase, de buena gana, y corta la ruta hacia el inminente espejo de agua.
Ahora me planto en la esquina cercana al reloj. Unos adolescentes  conversan. No se inmutan por mi posicionamiento. A su lado, les veo compartir desde esa horrible maña del maltrato gratuito: formas torpes de mostrar amor y deseo. El caso es que parecen infringir castigo a uno de ellos por haberse dejado robar un celular por otros iguales que le vieron la oreja blanca. El heroísmo posible de la carrera de huida surge en los comentarios. Hay tan malas experiencias desde allí… La interacción intergeneracional y el cambio de foco se hacen presente ante una niñita que literalmente arrastra un perro de esos que son unas motas blancas. Observo a siete de ellos en el campo visual inmediato.

Me mudo y me voy al costado cercano a los chorritos. Lugar fresco -a veces de más- por la humedad, donde aun no se ve el movimiento de intercambio de barajitas que mi hijo ya buscaba.. Los usuarios de los bancos se hacen habituales y familiares, espacio siempre más nutrido que el anfiteatro, con sus altos escalones, también con su público habitué. El deslizamiento por el “tobogán” mantiene su constante presencia, con mayor o menor supervisión por parte de quienes corresponde (del otro lado, el anuncio del estacionamiento aun espera por un reforzamiento de cuerdas en ambos extremos, puede ser otro deslizamiento peligroso, con responsables que nada les cuesta dar una miradita y actuar).

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