Las cuatro esquinas
Me dio por jugar a observar la plaza bienamada de LPG,
desde cuatro costados, el sábado 7
a las 7 p.m.. ¡Un deleite para la mirada posible!. Sentado
en la escalera, cercana a la calle del Excelsior Gama, tengo una dimensión: un futbol donde la pelota
mengua. También un joven remata hacia el lateral encajonado, una pelota que a
nadie impactará, -si es que el golpe rabioso no fuese un impacto ya-.
Desde allí comienza la
mixtura: canes, chiquitos y chiquitas que no se amilanan para prodigar sus
caricias (calculo y marco la proporción: es como si yo estuviese acariciando a
un caballo). Viandantes con su paso calmo.
El ángulo segundo toma
las alturas, es el cercano a la
biblioteca. Desde el banco, al extremo, es sólo futbol virtuoso el imán
posible, sólo seis, como conviene, uno de ellos descalzo, en el fragor de su
juego de cálculos milimétricos hay tiempo para señalar y esperar el paso de una
niña que lleva otro cuento en su andar. Así ha de ser, difícil, pero posible.
Algún paseante de perro solitario y solidario hace más de un pase, de buena
gana, y corta la ruta hacia el inminente espejo de agua.
Ahora me planto en la
esquina cercana al reloj. Unos adolescentes
conversan. No se inmutan por mi posicionamiento. A su lado, les veo
compartir desde esa horrible maña del maltrato gratuito: formas torpes de
mostrar amor y deseo. El caso es que parecen infringir castigo a uno de ellos
por haberse dejado robar un celular por otros iguales que le vieron la oreja
blanca. El heroísmo posible de la carrera de huida surge en los comentarios.
Hay tan malas experiencias desde allí… La interacción intergeneracional y el
cambio de foco se hacen presente ante una niñita que literalmente arrastra un perro
de esos que son unas motas blancas. Observo a siete de ellos en el campo visual
inmediato.
Me mudo y me voy al
costado cercano a los chorritos. Lugar fresco -a veces de más- por la humedad,
donde aun no se ve el movimiento de intercambio de barajitas que mi hijo ya
buscaba.. Los usuarios de los bancos se hacen habituales y familiares, espacio
siempre más nutrido que el anfiteatro, con sus altos escalones, también con su
público habitué. El deslizamiento por el “tobogán” mantiene su constante
presencia, con mayor o menor supervisión por parte de quienes corresponde (del otro
lado, el anuncio del estacionamiento aun espera por un reforzamiento de cuerdas
en ambos extremos, puede ser otro deslizamiento peligroso, con responsables que
nada les cuesta dar una miradita y actuar).
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