domingo, 19 de enero de 2014

crónica 6 plaza de Los Palos Grandes (Caracas-Venezuela): una anécdota del juego social infantil que se genera.

Pasan cosas en la plaza…

Entre los tesoros de mi vida está el haber sido maestro en una escuela modelo donde el ejercicio de la libertad fue bueno para todos: APUNE. Guardaba una desteñida foto polaroid, testigo de esas alegrías compartidas. Recientemente la puse a circular en la red. Uno a una fueron a apareciendo mis queridos y queridas con las que disfruté el rol.
Tiempo después me topé con uno de esos textos que circulan, cargados de señales-huellas de lo que correspondió vivir a una generación. Los identifiqué, se trataba de lo que históricamente correspondió a mis pupilos. Uno de los detalles resaltantes es que se trató de la última generación que jugó metras, los últimos que tomaron la calle para compartir con libertad espacios públicos.
Mi “jefa” en esa escuela apareció (literalmente) por los espacios de la plaza. Antes de nuestro encuentro, mi hijo y sus nuevos amigos me invitaron a jugar un mix entre el escondite y quemao. Luego hice un largo receso, mientras me actualizaba con la amiga.
Tras la insistencia de mi hijo por que tomara papel activo en el juego, recortamos el encuentro y volví a formar ronda con los interesados. Hubo un intento frustrado de jugar stop con pelota, pues me negué, por la exclusión que habían decidido hacia unas niñas, no por asunto de género, sino por una reiterada actitud de maltrato por parte de ellas. Les dije “si ellas no juegan, yo tampoco” y pusieron su límite. Me quedé fuera. Entonces,  hice uso de autoridad  -el que es autor, y da-  y les propuse la alternativa juguetona de hacerles girar “boca arriba”, “boca abajo”, “ manos”,  “pies” o “manos y pies”. Todo eso correspondía a un movimiento vertiginoso que les haría disfrutar solo una vez..

Luego ví maravillado como tras proponer carreras de sillas de manos, carretillas de manos y caballitos, ya las niñas se iban integrando en otra actitud. Jugamos entonces el  arranca cebollas y luego la candelita. Aquí entonces mi fascinación fue mayor: un niño que días atrás había tenido el mismo límite por parte del grupo, pasaba a ser un miembro con derecho, en un acople justo y necesario y no solo eso, sino que una niña con el claro deseo de jugar, pero con la limitación del idioma, se incorporó al juego y se nos ocurrió entonces que podíamos jugar la candelita en inglés. Lo interesante es que la propuesta fue compartida. Yo solo atiné a decir “give me a fire, plis” y otro niño acudió presto a ofrecer la traducción para “por allá fumea”. Es la práctica deseada y vivida de un juego posible en la plaza.

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