Pasan cosas en la
plaza…
Entre los tesoros de
mi vida está el haber sido maestro en una escuela modelo donde el ejercicio de
la libertad fue bueno para todos: APUNE. Guardaba una desteñida foto polaroid,
testigo de esas alegrías compartidas. Recientemente la puse a circular en la
red. Uno a una fueron a apareciendo mis queridos y queridas con las que
disfruté el rol.
Tiempo después me topé
con uno de esos textos que circulan, cargados de señales-huellas de lo que
correspondió vivir a una generación. Los identifiqué, se trataba de lo que
históricamente correspondió a mis pupilos. Uno de los detalles resaltantes es
que se trató de la última generación que jugó metras, los últimos que tomaron
la calle para compartir con libertad espacios públicos.
Mi “jefa” en esa
escuela apareció (literalmente) por los espacios de la plaza. Antes de nuestro
encuentro, mi hijo y sus nuevos amigos me invitaron a jugar un mix entre el escondite y quemao. Luego hice un largo receso, mientras me actualizaba con la
amiga.
Tras la insistencia de
mi hijo por que tomara papel activo en el juego, recortamos el encuentro y
volví a formar ronda con los interesados. Hubo un intento frustrado de jugar stop con pelota, pues me negué, por la
exclusión que habían decidido hacia unas niñas, no por asunto de género, sino
por una reiterada actitud de maltrato por parte de ellas. Les dije “si ellas no
juegan, yo tampoco” y pusieron su límite. Me quedé fuera. Entonces, hice uso de autoridad -el que es autor, y da- y les propuse la alternativa juguetona de
hacerles girar “boca arriba”, “boca abajo”, “ manos”, “pies” o “manos y pies”. Todo eso
correspondía a un movimiento vertiginoso que les haría disfrutar solo una vez..
Luego ví maravillado
como tras proponer carreras de sillas de
manos, carretillas de manos y caballitos, ya las niñas se iban
integrando en otra actitud. Jugamos entonces el arranca cebollas y luego la candelita. Aquí entonces mi
fascinación fue mayor: un niño que días atrás había tenido el mismo límite por
parte del grupo, pasaba a ser un miembro con derecho, en un acople justo y
necesario y no solo eso, sino que una niña con el claro deseo de jugar, pero
con la limitación del idioma, se incorporó al juego y se nos ocurrió entonces
que podíamos jugar la candelita en
inglés. Lo interesante es que la propuesta fue compartida. Yo solo atiné a
decir “give me a fire, plis” y otro niño acudió presto a ofrecer la traducción
para “por allá fumea”. Es la práctica deseada y vivida de un juego posible en
la plaza.
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